lunes, 1 de septiembre de 2014

Cierre y traslado

Os habréis dado cuenta de que este blog ha pisado el freno. Hace exactamente un año, comprendí que Facebook era una herramienta mejor para organizar las reuniones del Club literario Divelas. Desde entonces, dejé de postear en este blog y pasé a publicar en la página de Facebook.

Este verano, he decidido abrir la página web definitiva. Se trata de un espacio personal, en el que me presento como escritora, y donde podréis leer todos mis textos. Novelas, relatos cortos, teatro, artículos periodísticos... todo está disponible en mi página web, que inauguro hoy y que seguiré actualizando.

Por el momento, este blog permanecerá inactivo, aunque con las antiguas entradas disponibles. En cuanto a las reuniones del Club literario Divelas, seguirán organizándose a través de Facebook. Eso sí, voy a seguir mis estudios en el extranjero y no tengo claro si el Club seguirá en marcha estos meses, o si por el contrario volverá en enero de 2015. Para cualquier consulta sobre el Club, estaré disponible en Facebook. Y si os animáis a seguirme, como la escritora que soy, entonces no me perdáis de vista en:

http://beatrizstajadura.com/


¡Nos escribimos!

sábado, 28 de septiembre de 2013

La novela prohibida






















“Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de 
haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas”.

Así es Holden Caulfield, el joven protagonista de una de las novelas más controvertidas del último siglo. En culpable que intentó matar a Ronald Reagan reconoció estar obsesionado con el libro. No fue un caso aislado. También ocurrió que el asesino de John Lenon se quedó leyendo el libro en la escena del crimen, hasta que llegó la policía y lo arrestó. En su declaración, confesó: "Estoy seguro que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el personaje principal del libro. El resto de mí debe ser el Diablo". Tras el suceso, se prohibió la lectura de la novela. Hoy, la censura ha desaparecido y el libro ha pasado a situarse en el otro extremo, el del éxito absoluto. El guardián entre el centeno es lectura obligatoria en los institutos estadounidenses. 

El Club literario Divelas se reúne este próximo viernes día 4 a las 20.00, en la cafetería The Clansman de Pamplona, para comentar El guardián entre el centeno. Esperemos que no haya percances.

¡Os espero!

Beatriz S. Tajadura

lunes, 16 de septiembre de 2013

Terroríficamente feliz























Nuestra última reunión del Club literario fue fantástica. Creo que para mí, la mejor de todas. Lo confieso: Anna Karénina me encanto. Y si a eso le sumamos la buena compañía y los comentarios interesantes, ¿qué más se puede pedir? Me siento muy satisfecha de haber iniciado este pequeño coloquio hace un año. (Por cierto, por el Club literario Divelas estrenó página en Facebook por su aniversario. ¿Nos seguís? Por allí os enteraréis de todas las novedades).

Para la semana que viene tenemos una novelita aterradora pero con un título más dulce que una piruleta rosa. Efectivamente, esto me recuerda a un lobo disfrazado de Caperucita Roja. Un mundo feliz, de Aldous Huxley es una novela de ciencia ficción que especula acerca de cómo será el mundo dentro de miles de años. Ya imaginaréis que la perspectiva no es nada favorable. (¿Por qué será que siempre nos vemos tan mal a nosotros mismos?). Un mundo feliz es una distopía. Es decir, "una sociedad ficticia indeseable en sí misma", según Wikipedia. Perdonad la escasa fiabilidad de la fuente. En la RAE no viene (y me pregunto por qué).

En resumidas cuentas, nos vemos el lunes 23 de septiembre a las 20.00 en el Clansman de Íñigo Arista, como ya viene siendo habitual. Es un libro muy impresionante y con notas polémicas. Me alegro de arrancar con él este curso 2013-14.

¡Nos vemos enseguida!


Beatriz S. Tajadura

domingo, 8 de septiembre de 2013

Apertura 2013-14 del Club literario Divelas

























El Club literario Divelas vuelve a reunirse tras el verano. Este septiembre retomamos nuestras lecturas y empezamos con esta obra maestra de Tólstoi. Muchos habréis visto la película que protagoniza Keira Knightley, así que algo conoceréis de esta historia.

Anna Karénina es una cautivadora dama de la alta sociedad rusa, que a los 18 años contrajo matrimonio con un hombre mucho mayor que ella. Lo hizo por conveniencia y sin haber conocido el amor. Todo cambiará el día en que, en una estación de ferrocarril, Anna se cruce con el irresistible conde Vronski.

Esta historia dará mucho que hablar. Ha hechizado a tantísimos lectores, incluso a los que no cogen un libro en todo el año. Pues bien, he aquí una novela de mil páginas, más pesada que un yunque. Pero que se lee de un tirón y con el corazón en la mano. Cuando se me terminó, me quedé como vacía. Sus personajes son inolvidables. Me muero de ganas de escucharos. Este próximo miércoles día 11 nos reuniremos en la cafetería The Clansman (Íñigo Arista, 18) de Pamplona, a las 20.00 horas.  

¡Os espero!


Beatriz S. Tajadura

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El mejor de los veranos


















¡Hola de nuevo!

Vuelvo tras un verano maravilloso. Ha habido tiempo para todo. He viajado mucho, a ciudades cosmopolitas como Londres, hasta la otra parte del mundo: un pequeño poblado quechua que me ha impresionado profundamente. He aprendido a tejer hilo de alpaca y a teñir tejidos con sangre de cochinilla. Habilidades útiles, sí señor. Casi tanto como comprender el sistema de irrigación de los incas. ¡Interesantísimo!

También he aprovechado para introducirme en el mundo del periodismo. Hice prácticas en el Diario de Burgos (al fin en casa), donde me han publicado una breve novela por entregas. Es una historia veraniega y entretenida hilada en torno a un personaje: Pepe Asrúbal, un viejecillo burgalés cuya única aspiración es visitar a su nieto en Alemania. Ha gustado mucho. En la ciudad se ha convertido en casi una eminencia. Pepe Asdrúbal ha salido publicado en Diario de Burgos durante el mes de agosto, un capítulo cada domingo.
Si queréis echarle un vistazo, aquí tenéis las cuatro entregas:

Capítulo 1: El día en que Pepe Asdrúbal pidió un deseo
Capítulo 2: Pepe Asdrúbal visita el Museo de la Evolución 
Capítulo 3: Pepe Asdrúbal se da un chapuzón en El Plantío
Capítulo 4: Y Pepe Asdrúbal... echó a volar 

Una pequeña novela y una buena carpeta llena de reportajes publicados. Es lo que me llevo de este periódico. Eso, y otras conclusiones más importantes que me guardo para mí.

El verano es muy largo si uno se organiza. Además de mis viajes y prácticas, he terminado la novela. No el relato de Pepe Asdrúbal, no, me refiero al libro que empecé el año pasado y que me ha tenido en vilo durante todo este tiempo. A veces sentía que yo no estaba a la altura de la historia, que no sabría expresarla en toda su perfección. Pero bueno, ¡ya está! ¡Terminada! Y me asusta pensar que ha salido mejor de lo que esperaba. ¿Será buena? ¿Merecerá ser leída? Unos meses más de corrección y reescritura y empezaré a enviársela a lectores de prueba. ¿Será esta la novela que esperaba escribir? Me asusta. Es eso lo que siento ahora mismo... ¡Un miedo atroz! Por ahora solo diré el título. No es atractivo. Puede sonar hasta rancio. Pero no entra dentro de mis planes cambiarlo. Las razones me las reservo. Ahí va: El sembrador.

Última de las noticias: este verano también escribí una obra de teatro. Es previsible que se represente en la Universidad de Navarra a principios de 2014. ¡Os mantendré informados!



Beatriz S. Tajadura

jueves, 11 de abril de 2013

Recopilación de ensayos filosóficos

Últimamente he escrito a partir de textos de filosofía. No he olvidado que Divelas es un blog de literatura. No. Lo que sucede es que estoy cursando la asignatura de Filosofía del lenguaje y en ella nuestro profesor, Jaime Nubiola, nos anima a escribir sobre lo que leemos en clase. Qué mejor modo de hacer filosofía del lenguaje que escribiendo, ¿verdad?
Aquí reúno los ensayos. Como digo, no he olvidado que Divelas es un blog de literatura. Más de un texto es un relato. Así es la filosofía que quiero. Concreta, que pise la tierra, con piel y sangre; la literatura es su amante perfecta. 




Beatriz S. Tajadura 

Tengo una servilleta que vale millones


Sé que os morís de ganas de que os lo cuente. La gente no ha parado de preguntarme. Ya temprano, nada más despertarme: lucecita en el móvil. Tenía el Whatsapp colapsado. Todos querían saber qué demonios me había pasado. Pero no he dicho nada, os lo aseguro. Vais a ser los primeros en enteraros.



Pues sí. Es cierto. Ayer hablé con Charles Sanders Peirce. Lo encontré por la calle, estaba un poco cansado. Y me extrañó, porque se había pasado cien años tumbado. Me contó que le dolía la espalda (al parecer lo habían enterrado en una postura muy incómoda), y lo primero que había hecho al levantarse había sido desplegar sus enormes brazos y estirar las piernas, como queriendo tocar el techo. Le crujieron todos los huesos. Mientras hablaba, pensé en invitarle a una cafetería. Vi una mesita discreta junto a la ventana y la señalé. “Oh, no”, me dijo. “Demasiado tiempo he pasado sentado ya. Me quedaré de pie, si no te importa”. Así que me olvidé de la mesita y lo conduje a la barra. Me pareció mal que hablásemos, yo sentada y él de pie. La barra estaría bien. Junto a la vitrina de los pinchos podríamos hablar cara a cara.

Os reiréis de mí pero, por si alguien no sabe de quién hablo, lo explicaré rápido. Igual en esta aula hay alguna de esas personas que se encierran en su habitación y que no ha oído nunca hablar de él. Charles S. Peirce es un filósofo estadounidense que reflexionó sobre nuestro lenguaje y la manera en que nos comunicamos. Murió en 1914, hace casi 100 años, pero su pensamiento vuelve a coger mucha fuerza ahora, en el 2013. Creo que por eso ayer se dijo a sí mismo: “Venga, que sí. Me levanto”. Y ahí terminamos, en la cafetería.

Quise pedir dos cortados, pero Charles se me adelantó y optó por un brandy.

-El 1886. El mejor- le exigió al camarero- Y ni se le ocurra echarle hielo, o se echará a perder. El brandy se toma solo.

El pobre muchacho me miró sin entender.

-No tenemos de eso- se excusó- Si quiere le pongo una Coca cola.

Hice un aspaviento con la mano y le dije que sí, que lo que quisiera pero sin hielo.

Esperando las bebidas, me di cuenta de que Peirce hacía gestos extraños. Se le veía inquieto y movía continuamente la nariz, como un castorcillo olisqueando. Le pregunté si se encontraba bien. Aún tenía trocitos de tierra en el bigote, quizá era eso lo que le molestaba.

-Hay algo que no me gusta- susurró. Miraba a una de las mesas más alejadas, donde se sentaban un grupo de estudiantes- ¿Qué demonios están haciendo?

               Yo no detecté nada raro. Los conocía de vista, eran estudiantes de filosofía. En lugar de hablar entre sí, cada uno hundía la cabeza en su libro. De vez en cuando interrumpían la lectura para dar un sorbo al té, o pasaban suavemente la página. Pero, ¿hablar? Nada. “Bueno”, pensé, “tendrán examen”.

-¿Filosofía? ¿Y están ahí leyendo?- Habló en un chillido. Por un momento me entró miedo. Lo sujeté para que no se echase sobre ellos y de un manotazo les arrancase los libros- ¡No lo puedo creer!- continuó- En las cafeterías no se lee, y el brandy no lleva hielo. Una cosa no va con la otra.

Cuando vio que no compartía su indignación, me miró con tristeza y preguntó:

-¿Así son los filósofos ahora?

Me encogí de hombros y le dije que sí, que se dedicaban a pensar y para eso tenían que leer mucho. Peirce enmudeció. Iba a decir algo, pero las palabras se le quedaron en la boca y adelgazaron hasta desaparecer en un suspiro. Lo que hizo fue coger una servilleta y pedirle un bolígrafo al camarero, que volvió a mirarle con desconfianza. Vi que empezaba a escribir frenéticamente. Me daba miedo desconcentrarle. Cuando ya rellenaba su tercera carilla, le pregunté qué estaba haciendo.

-Es un decálogo para el buen filósofo- dijo escuetamente. Garabateó una firma final y volvió a llamar al camarero- Usted, señor. Déselo a esos tipejos de ahí al fondo.

Después se volvió hacia mí y me dio las gracias por el brandy.

-Sin embargo- replicó- con ese panorama prefiero volverme a la tumba.

Y nada más, no pasó nada más porque salió disparado de la cafetería. Fui tras él, pero cuando salí a la calle ya lo había perdido de vista.

No me abucheéis. No os he metido intriga para dejaros a medias. Todavía queda algo. Cuando regresé a la barra, el camarero había servido la Coca cola. A Peirce no le había dado tiempo de probarla. Igual mejor. En la mesa del fondo, los estudiantes de filosofía habían dejado sus libros y discutían con saña. Alcancé a ver las servilletas del señor Peirce. Las habían leído.

Me moría de la curiosidad, así que esperé pacientemente las tres horas que duró su discusión, hasta que abandonaron la cafetería y me acerqué discreta a la mesa. Lo habían dejado todo revuelto y lleno de pelotitas de papel. A más de uno, nervioso, le había dado por estrujar servilletas. En medio de todas ellas, localicé las que había escrito Peirce y me las metí al bolsillo. Ahora las tengo en mi cuarto, bien escondidas. Y no, no están en venta.





10 consejos a los alumnos de Filosofía:

1. En una cafetería no se lee. Bueno, si estáis solos os lo perdono. Pero jamás si estáis con amigos. La verdad se atisba en las conversaciones, ya lo dijo Platón. Si leéis tanto, deberíais saberlo.

2. No encontraréis LA verdad. Asumidlo. No os levantaréis un día y así, de golpe, lo veréis todo claro. La verdad es búsqueda, se alcanza muy poco a poco y nunca se tiene entera. Y si os creéis en posesión de la verdad, sospechad. Os llegará el batacazo.

3. No esperéis convertiros en Hegel. No os digo que seáis mediocres, o que os falte talento, pero convertiros en Hegel, pasar a la historia o ser mejor que vuestros compañeros no debería ser vuestra motivación. Dejad a un lado la vanidad. Los grandes filósofos surgen cuando ellos mismos no desean ser tal cosa.

4. No viváis en vuestra burbuja. Solo los ratoncillos y las cucarachas pasan la vida en las bibliotecas. Salid a la calle, hablad con la gente, quedaos una noche sin dormir y haced un viaje loco. Entrad en la Facultad de Ciencias y en el polideportivo, aunque creáis que no va con vosotros. Encontrad a amigos músicos, arquitectos, economistas y fotógrafos. Pensar bien significa conocer la realidad. Quedarse en la Metafísica de Aristóteles es como mirar al mundo  con un parche de pirata.

5. Dejad que os rompan los esquemas. En el instante en que elijáis la comodidad antes que la verdad, ahí está, tenéis la señal: habéis empezado a morir lentamente.

6. Hablad para todos, sed coloquiales. No uséis jerga ni palabras extrañas. ¿O es que tenéis algo que esconder? Un momento… ¡no seréis sofistas!

7. ¿Vivo en un sueño? ¿Y si no soy libre? ¿Y si todo esto es una gran mentira? Sed realistas. El sentido común es el arma más poderosa del que disponéis.

8. Os toparéis con profesores que más que filósofos, parecen científicos. Han cuadriculado la realidad y llevan años enseñando lo mismo. Incluso ponen los mismos ejemplos. Buscad corriendo un espejo y miraos bien. ¿Lleváis camino de convertiros en lo mismo?

9. Conviene hacer de todo y también leer de todo. No solo leáis filosofía, leed literatura. Allí veréis situaciones concretas, personas concretas. Aprenderéis que a las ideas no les gusta ir desnudas, llevan siempre carne y huesos.
10. Salid de vuestra cueva. Un filósofo jamás puede estar solo. La filosofía se hace en grupo, en comunidad. Si preferís la vida de ermitaño quizá seáis grandes científicos, magníficos eruditos, pero jamás filósofos, de los buenos, de esos que viven después de muertos.  

Firmado:
Charles S. Peirce




Beatriz S. Tajadura 

¡No! ¡Cierra la boca! ¡Shh!


Santa Teresa de Jesús fue una religiosa del siglo XVI, fundadora de la orden de las carmelitas descalzas. Pero no le recordamos por eso. Lo que viene a la mente es la famosa estatua de Bernini en la que un ángel le apunta con una flecha. Santa Teresa, envuelta en una túnica acartonada, se lleva la mano al pecho con expresión de intensidad. Experimentaba un éxtasis, a raíz del cual escribiría uno de sus libros más conocidos, El libro de la vida. Allí cuenta cómo ese ángel, que Bernini esculpe como un hermoso niño alado, le atraviesa el flecho con una flecha candente. Le abrasa la piel, el dolor es tan terrible que no puede ahogar los gritos. Pero al mismo tiempo, el placer es tan incontenible que esos gritos de sufrimiento le salen de una boca sonriente. Santa Teresa de Jesús también era escritora y dejó la descripción completa de su éxtasis. En esos papeles se basó Bernini para elaborar la estatua.



Mientras que Santa Teresa corrió a escribirlo, otro místico muy conocido hizo lo contrario. Santo Tomás de Aquino, después de dedicar su vida a la redacción de su pensamiento, vivió algo que le apartó de los papeles y la tinta. Tuvo una experiencia mística cuando rezaba por la mañana. Los que lo conocían atribuyeron su extraño comportamiento al cansancio, pero sus amigos cercanos sostenían que una revelación divina lo había trastornado. Santo Tomás, como Santa Teresa, vivió la experiencia más alta de contemplación mística: ver la esencia de Dios.

Tomás de Aquino no volvió a escribir. Por eso su gran obra, la Suma Teológica, está inacabada. El Santo se veía incapaz de expresar lo que había vivido. En comparación, toda su obra precedente le parecía paja que se lleva el viento.

Siete siglos después, si nos desplazamos desde la Edad Media hasta el reciente siglo veinte, encontramos a un niño de gesto hosco y mirada severa. Ha nacido en una familia de alta alcurnia y vive rodeado de lujo. No obstante, la suntuosidad no le distrae de lo que le gusta: las matemáticas. Lo tiene claro. Va a convertirse en un gran ingeniero y, efectivamente, pocos años después diseña el primer motor para helicóptero. Ludwig Wittgenstein tiene ojos hundidos y cejas prominentes, que le ensombrecen la mirada. Sin embargo, la filosofía termina seduciendo a su cabeza de matemático y así, cuando a los veinticinco años Wittgenstein está luchando en la Primera Guerra Mundial, escribe la única obra que publicó en vida: el Tractatus. Un libro de filosofía. Allí presenta, en frases breves, la esencia de su pensamiento. “Cuanto puede siquiera ser pensado, puede ser pensado claramente. Cuanto puede expresarse, puede expresarse claramente”. Al escribirlo, Wittgenstein distingue entre dos cosas: aquellas que pueden ser dichas y aquellas que no. En efecto, no se puede hablar de todo. Como le ocurría a Santo Tomás, incapaz de expresar con palabras lo que acababa de vivir. El genio de Wittgenstein advierte: “Lo que se puede decir, puede decirse claramente. Pero de lo que no se puede hablar… mejor callar”. Así que todo puede clasificarse en un cajón o en el otro. ¿Dónde ponemos a Santo Tomás? En la zona tenebrosa, indeterminada, el reino de las experiencias para las que tenemos la boca cosida. Wittgenstein no se olvida de ese rincón sombrío, de hecho no le quita el ojo de encima. “Lo inexpresable, ciertamente, existe. No se dice, pero sí se muestra. Es lo místico”.

¿Y dónde se queda la pobre Santa Teresa? Ella sí expresó. Era escritora. Si Wittgenstein hubiese andado por allí, se hubiese enfadado, le hubiese retirado la palabra. Y teniendo en cuenta lo que piensa Wittgenstein, es una gran ofensa. Habría relegado a Santa Teresa al mundo de las sombras.

Para averiguar el final de la Santa tenemos que saltar un puñado de años más. Hasta 1924, cuando Wittgenstein conoce a otro gran filósofo con mente de matemático. Mortiz Schlick es guapo y presuntuoso. Su elegancia y buenas maneras desarman a todo el mundo. Pero esta vez sucede al contrario: es Wittgenstein el que impresiona a Schlick. En cuanto lee el Tractatus de Wittgenstein, Moritz Schlick se convierte en su mejor publicista. Empieza a proclamar los talentos de su compañero y asuma una a una las sentencias del librito. Así es como el propio Schlick continúa por las ideas de Wittgenstein y coloca a Santa Teresa en la misma habitación. “No hay preguntas que en principio sean incontestables. Tampoco problemas que en principio sean insolubles”, asegura Schlick. “Los que hasta ahora se han considerado así no son interrogantes auténticas, sino series de palabras sin sentido”. A la amable religiosa medieval le toca dormir en el sótano del hotel. Pudo haber escrito sobre su experiencia mística pero, para Schlick, sus papeles no dicen nada. Sus frases son sílabas vacías. A estos dos intelectuales les caería mejor Santo Tomás de Aquino: calladito y silencioso. En este hotel donde el lenguaje se tiene tan en cuenta, el Santo se alojaría en la suite imperial. 




















Es un texto escrito a raíz de la lectura del Prólogo al Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein.


Beatriz S. Tajadura 

Reseña en el blog "Tú qué lees"
















El blog Tú qué lees, del lector Antonio Hernáez, publica hoy una reseña de mi novela corta Cuarto de sol en el cielo
Espero que sirva tanto a los que quieran iniciarse en la enseñanza de Platón, como a los que solo deseen una lectura entretenida. Me alegra mucho saber que Cuarto de sol en el cielo sigue de mano en mano en los institutos, y que ayuda a quienes se pelean con la filosofía.  Ojalá que mi novela les descubra lo apasionante que puede llegar a ser.




Beatriz S. Tajadura 

domingo, 7 de abril de 2013

Atentos, que viene el lobo


























Este próximo martes 9 comentamos en el Club literario Divelas El lobo estepario, de Hermann Hesse. Será a las 20.00 en la cafetería The Clansman, de Íñigo Arista (Iturrama, Pamplona). Herman Hesse es un magnífico escritor suizo-alemán, Premio Nobel de literatura. El lobo estepario es su obra cumbre, una novela agresiva e inquietante que protagoniza un hombre atormentado por su doble personalidad: la humana y la lobuna. Se hace llamar "el lobo estepario".

Muchos artistas pertenecen a la especie del lobo estepario. Estos hombres tienen todos dentro de sí dos almas, dos naturalezas; en ellos existe lo divino y lo demoníaco, la sangre materna y la paterna, la capacidad de ventura y la capacidad de sufrimiento, tan hostiles y confusos lo uno junto y dentro de lo otro, como estaban en Harry lobo y hombre. Y estas personas, cuya existencia es muy agitada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indeciblemente hermoso, la espuma de la dicha momentánea salta con frecuencia tan alta y deslumbrante por encima del mar del sufrimiento, que este breve relámpago de ventura alcanza y encanta radiante también a otras personas. Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar de sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como toros son jueves, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento y un flujo y reflujo eternos y penosos, está infeliz y dolorosamente desgarrada, es terrible y no tiene sentido, si no se está dispuesto a ver dicho sentido precisamente en aquellos escasos sucesos, hechos, ideas y obras que irradian por encima del caos de una vida así. Entre los hombres de esta especie ha surgido el pensamiento peligroso y horrible de que acaso toda vida humana no sea sino un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal, un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza. Pero también entre ellos es donde ha surgido la otra idea de que el hombre acaso no sea solo un animal medio razonable, sino un hijo de los dioses y destinado a la inmortalidad. 


Hermann Hesse, El lobo estepario


Beatriz S. Tajadura

viernes, 29 de marzo de 2013

El perfume de rayos de sol



Una vez, en un lugar que no importa cuál es, vivía la niña con el nombre más feo, desagradable y malsonante que se pueda imaginar. Su madre lo había hecho con plena conciencia: con un nombre tan horrible, su hija estaría a salvo de los secuestradores. Cuando le preguntaban cómo se llamaba y la niña respondía, las gentes ponían cara de extrañeza y creían no haber oído bien. No le saludaban por la calle y tampoco le invitaban a las fiestas de cumpleaños, pues preferían ignorarla con tal de no pronunciar su nombre. En el colegio, los profesores tampoco le hacían preguntas y ella se sentía muy desdichada, pues parecía que no existiese para nadie. Aunque dentro del aula, no le importaba estarse callada. Sus profesores buscaban respuestas concretas y certeras, y ella siempre terminaba dispersándose. Miraba las cosas de un lado, luego del otro, más tarde repensaba y veía el problema completamente distinto. La última vez que un profesor le preguntó, fue acerca de un escarabajo. El maestro no quería decir su nombre, así que le apuntó con el dedo: 

-Tú. ¿De qué color es el caparazón del escarabajo negro?
                                
La niña dio un respingo en su asiento. 
-Bueno, en una habitación con buena luz parece negro. Pero cuando le da el sol, tiene destellos azulados y a veces, cuando intenta camuflarse, parece hasta verdoso.
El maestro estaba desconcertado. El caparazón del escarabajo negro era de color negro, por supuesto. No había otra respuesta posible. Ni azulado ni verdoso. Más tarde, se lo comentó a los demás profesores, que tuvieron la misma reacción.
 -¿Destellos azules? ¿Caparazón verdoso? ¿Quién puede decir algo así?
No volvieron a hacerle ninguna pregunta. Y a la niña no le importó, pues no le gustaba que le llamasen "tú".
Su pasatiempo favorito era dar largos paseos por las calles de la ciudad. Caminaba sin rumbo mirando los balcones, los escaparates y el trasiego de la gente, hasta que se echaba la tarde y se hacía la hora de volver a casa. Un día, mientras daba uno de sus paseos, comprendió que algo sucedía entre la gente. La ciudad era un lugar apacible y reposado en el que nunca pasaba nada. Pero aquel día era diferente. Todos parecían revolucionados, cuchicheaban en las esquinas y hacían gestos de asombro.
-Sí, ¿es que no lo has oído?- comentaba una mujer- Dicen que está buscando un perfume de rayos de sol.
-Pero, ¿quién?- preguntó la vecina.
-¡El Rey, por supuesto!
La niña se llevó las manos a la boca. El Rey era el hombre más poderoso y adinerado de todos los que habían existido. Poseía un fastuoso palacio, con torres tan altas que nadie había sido capaz de llegar al último escalón. Tenía una corte de sirvientes que le recogían las migas del suelo, una corona de rubíes como ascuas de fuego, una espada de plata, un ejército invicto y hasta un elefante africano, de panza inflada, como si se hubiese tragado una gigantesca bola de hormigón. Con tantas posesiones, el Rey debía de ser un hombre muy feliz. O quizá no, pensó inmediatamente la niña, puede que estuviese preocupado por que le robasen, o por si algún soldado se rebelaba contra sus órdenes. O incluso, quién sabe, al Rey bien podía traerle sin cuidado su fastuoso palacio, su corona de rubíes, su espada de plata o su elefante africano. Quizá solo se preocupaba por mantener un reino próspero. O también podía ser todo lo contrario: que el Rey fuese un egoísta que ambicionaba el mayor de los tesoros, un perfume de rayos de sol. ¿Lo querría para ambientar su alcoba? ¿O para aplicarse en el cuello, dos gotitas, cada mañana? ¿Sería un regalo para su esposa? ¿O a lo mejor simplemente un deseo caprichoso? La niña pensó que todas esas posibilidades podían ser ciertas. Después de todo, no eran más que distintos puntos de vista.

Como el Rey deseaba su perfume de rayos de sol, convocó a toda la ciudad para pedirles ayuda.
-Aquel que sea capaz de traerme mi perfume, será recompensado con lo que más desee- anunció.
Los ciudadanos estaban emocionados y muchos aceptaron el reto. Pero enseguida comprendieron que la tarea no sería fácil, y que conseguir un perfume de rayos de sol no estaba a su alcance. Levantaron la mirada al cielo, donde brillaba un sol cegador, redondo e incandescente como un puñado de bombillas.
-¿Cómo haremos algo así?
-Muy sencillo- respondió el Rey- Tendréis que levantar, piedra por piedra, una torre tan alta que atraviese las nubes y llegue a tocar el sol.
-Eso no es posible- replicaron- Nada llega tan alto, ni siquiera los alminares de palacio.  
Los ciudadanos lo miraban afligidos. Nadie sería capaz de hacerlo. El Rey señaló a dos hombres de espaldas protuberantes y brazos gruesos como troncos.
-Vosotros- les dijo- Vosotros podréis hacerlo.
Eran los hombres más fuertes de la ciudad. Si había alguien capaz de tal proeza, serían ellos. Ambos se miraron y dijeron que sí con la cabeza. El Rey sonrió satisfecho y cuando se disponía a abrir la boca para ordenar que comenzasen, observó que una figura pequeñita se movía entre la muchedumbre. Era la niña, que se acercó meneando sus pequeños brazos.
-¡Yo también lo intentaré! – exclamó.
El Rey le miró de arriba abajo.
-¿Tú? ¿Y tú quién eres?
La niña dijo su nombre y todos hicieron una mueca de desagrado. Con tal de no volver a escucharlo, ignoraron su atrevimiento y no le prestaron más atención. Pero al día siguiente, cuando los dos hombres se reunieron frente al Rey para comenzar su tarea, con ellos apareció de nuevo la niña, y no tuvieron más remedio que aceptarla.
-Está bien- accedió el Rey- Puedes intentarlo. Pero no quiero que te hagas daño.
El Rey metió la mano en su zurrón y extrajo tres delicados frascos de cristal. A continuación entregó uno a cada uno y señaló el cielo.
-Con un poco de rayo de sol será suficiente.
Y los tres se pusieron manos a la obra. La ciudad entera se había reunido y los miraba sin perder detalle. El primero de los hombres, aunque de brazos gruesos como troncos, tenía unas manos finas y delicadas, y con sumo cuidado comenzó a levantar una pequeña torre. Colocaba una estaca, la sujetaba bien con piedras y alambres, y después se sentaba encima para comprobar que aguantaba el peso. Lo hacía muy despacio y volvía atrás continuamente, como si quisiese asegurarse de que todo estaba bien ensamblado.
-Los fundamentos- declaró- Todo está en los fundamentos.
El otro hombre se había quedado pensativo mirando el cielo. En cuanto alargaba un brazo para coger una herramienta, dudaba y lo retiraba. Después se acercaba al montón de materiales. Iba a cargar con una piedra gruesa y vigorosa, pero en cuanto la tenía ya agarrada, movía la cabeza negativamente y la dejaba caer. Al cabo de unas horas, el hombre no había hecho más que moverse de un lado a otro, dubitativo, y no tenía ninguna base sobre la que edificar su torre.
Al mismo tiempo, la niña había empezado a construir lo que parecía un castillo de naipes. Juntaba varios postes y los enroscaba con alambre metálico, y a medida que articulaba la estructura, iba trepando hasta arriba. No parecía preocupada por que la construcción flojease y cayese al suelo. Más bien al contrario, se le veía feliz y confiada. Le gustaba jugar a las edificaciones y a medida que subía, probaba nuevas formas de sujetar palos y tablas. Ni una sola vez miró hacia arriba, y tampoco hacia abajo. No quería correr el riesgo de que el vértigo le azotase el estómago. La niña descansaba cuando le apetecía y oteaba el horizonte con la mano a modo de visera. Contempló las cordilleras a lo lejos, la sierra nevada, el lago formando una "D" casi perfecta, y la ciudad desparramándose sobre la tierra. Descubrió que las casitas, vistas desde arriba, tenían el tejado púrpura. Jamás lo hubiese adivinado. Incluso a aquella distancia, creyó ver un escarabajo de caparazón negro, que caminaba solitario por el alféizar de una ventana. El sol estaba radiante y sus rayos arrancaban al insecto destellos azulados. La niña subió un poco más. Jadeante, pero muy emocionada, inspeccionó el paisaje desde aquella nueva altura. El lago ya no era una "D" cerrada y geométrica, pues antes no había visto la orilla más alejada, y ahora el lago tenía la forma de un gran garfio plateado. También reparó en que las casitas de la ciudad, además de púrpuras, formaban hileras perfectas, y que el escarabajo acababa de abrir su caparazón y había echado a volar. Estaba emocionada.
-Los escarabajos de caparazón negro pueden volar- se dijo- El tejado de las casas es púrpura y el lago tiene una orilla que queda fuera de la vista. Nadie en la ciudad puede saberlo, pues no han subido nunca hasta aquí.- Miró hacia arriba y se preguntó qué le esperaría. Estaba segura de una cosa: seguiría haciendo descubrimientos.
Más abajo, el primero de los hombres afianzaba sus fundamentos. Había descubierto una grieta en una de las estacas y temía que se rompiese si aplicaba más peso encima. Empleó varias horas en sustituir la estaca por otra más resistente, pero en cuanto hubo terminado, comprendió desconsolado que esta era más larga que la anterior y la base de la torre se inclinaría hacia un lado. En su empeño, se olvidó de dejar descansar a sus brazos y estirar un poco su espalda. Si lo hubiese hecho, hubiese advertido que todas sus estacas tenían grietas, no solo la primera. Y hubiese sido inútil que tratase de sustituirlas todas, pues así era la madera: estriada y con hendiduras. El otro hombre aún no había empezado su construcción. Seguía dudando.
-¿Y si coloco las tablas horizontales?- se decía emocionado. Pero su rostro no tardaba en ensombrecerse- No, ¿y si no es así? ¿Y si solo me lo parece a mí?- A cada nueva pregunta, el hombre se encogía más, como un papel arrugado- Pero, ¿qué es la horizontalidad? –se le pusieron los ojos como platos y chilló- ¿Qué es una tabla?
Y así una y otra vez. Cuando daba con un modo de empezar, le asaltaba la incertidumbre. Al final, el pobre hombre se quedó quieto en el suelo y ya no abrió la boca ni se movió.

Días más tarde, la muchedumbre y el Rey contemplaban asombrados la torre de la niña. Su diminuta figura se descolgaba como un mono entre las ramas. Era ella, que volvía finalmente a la tierra. ¿Habría conseguido el perfume de rayos de sol? Cuando la niña tocó el suelo, el primero de los hombres había destrozado sus primeros cimientos y había empezado otros, pero seguía teniendo el mismo problema: esta vez con las piedras, pues no le parecían lo suficientemente sólidas. El otro hombre no había tocado ni un solo material. Permanecía quieto y mudo, y ya ni siquiera los miraba, pues había cerrado los ojos con fuerza para no dudar de nada. La muchedumbre se agolpó en torno a la niña y el Rey se le acercó deseando saber qué había ocurrido allí arriba.
-¿Y bien?- preguntó- ¿Has conseguido los rayos de sol?

La niña sacó su frasco de cristal y se lo tendió. Hubo un suspiro de decepción al ver que estaba vacío.
-Cuando atravesé las nubes y llegué a alcanzar el sol- explicó la niña- me di cuenta de que sus rayos no se pueden meter en un frasco de colonia. No pude encerrarlos y traerlos conmigo. Solo brillan junto al sol, y al sol solo se le puede mirar, nunca arrebatarle un rayo-. El hombre preocupado por sus fundamentos miraba a la niña, desconcertado. A él sí le hubiese gustado enfrascar los rayos de sol, y así mantenerlos bien encerrados para su estudio y observación, como hubiese hecho con un animal disecado. El Rey también estaba muy sorprendido. No acababa de entender que un rayo de sol se resistiese a que alguien lo poseyera. “Estos rayos son como los tigres salvajes”, pensó. “Se niegan a tener dueño”. Pero, en ese caso, ¿significaba eso que se quedaría sin perfume?
-Si no está convencido,- prosiguió la niña- suba usted mismo hasta lo alto de la torre y compruébelo.  
El Rey levantó la cabeza y miró la torre de estacas de madera, que se hacía cada vez más pequeña hasta atravesar las nubes como un sable afilado. No pudo evitar un estremecimiento. Para acercarse tanto al sol uno debía perder el miedo a las alturas y desafortunadamente, el Rey, seguro y cómodo en su riqueza de palacio, se había acostumbrado a no moverse del suelo. De inmediato, rechazó la idea. No sería capaz de emprender aquel viaje. Pero cuando el Rey, derrotado, se disponía a dar media vuelta y a retirarse a su palacio, frunció el ceño y miró a la niña con suspicacia. Desde que había bajado de la torre, un aroma muy peculiar y agradable se había extendido a su alrededor. Al principio solo lo captaron los olfatos más sensibles, pero después se hizo más intenso, y todos empezaron a mirarse tratando de averiguar de dónde procedía. Era un aroma fuerte y penetrante, imposible de ignorar cuanto más se respiraba. Tenía un toque afrutado, de melocotones maduros y agua fresca, y olía tan bien que todos desearon un perfume así para sus casas. Las gentes miraron a la niña, pues enseguida comprendieron que era ella quien había traído aquel olor. Había subido tan pausadamente, mirando las cordilleras, el lago, observando lo alto de los tejados púrpuras y el movimiento del escarabajo del caparazón negro; que el aroma de los rayos del sol le había impregnado la ropa. El Rey se acercó a la niña y aspiró profundamente.
-Hueles a rayos de sol- le dijo- Es lo más maravilloso que he olido en mi vida.
Tanto le gustó, y tan imposible le parecía olvidar aquel olor tras haberlo probado, que pidió a la niña que viviese con él a palacio. Podría caminar libre por sus pasillos, ir donde le gustase, siempre y cuando perfumase el ambiente con ese olor tan especial. Si su esposa acudía a una fiesta de gala, la niña se le acercaría mucho y le perfumaría el vestido para la ocasión. Y si el Rey traía invitados al gran salón de palacio, la niña no se movería de su lado, pues debería perfumar toda la habitación.  
-Está bien- accedió- Pero con una condición. No os reiréis de mí si os digo que el escarabajo del caparazón negro puede volar, ni si os confieso que las casas de la ciudad tienen el tejado púrpura, o que hay una orilla oculta en el lago a la que nadie ha llegado jamás.

Tras pensárselo un momento, el Rey aceptó. Le parecía increíble lo que la niña acababa de decir, pero no quería renunciar al perfume y estaba dispuesto a tolerar cualquier disparate.
Nadie volvió a hacer una mueca al escuchar el nombre de la niña pues el perfume de rayos de sol era delicioso y embelesaba desde el instante en que se probaba. Y así fue cómo la niña del nombre más feo y desagradable terminó viviendo junto al Rey, en el palacio de los alminares que casi rozaban las nubes. Aunque su propia torre de madera ya las hubiese atravesado.




Es un texto escrito a raíz de la lectura de Pragmatismo y relativismo: C. S. Peirce y R. Rorty, de Jaime Nubiola.


Beatriz S. Tajadura 

viernes, 22 de marzo de 2013

La importancia de llamarse... ¿Ernesto?
































Este hombre elegante y con bastón se llama Oscar Wilde. Vivía en Londres cuando aún no existían las pantallas de televisión y los trenes de alta velocidad. Le gustaba escribir, y lo hizo muy bien. Vaya que sí. Le dio por la prosa, por el teatro y también por la poesía. Su bastón le hace justicia: su escritura, aunque brillante, llama la atención por la pomposidad y los personajes amanerados.

Hoy, en el Club literario Divelas, comentaremos su obra de teatro más famosa: La importancia de llamarse Ernesto. En el inglés original, el título es un juego de palabras. "Ernesto" puede entenderse como "earnest", que significa "serio", "formal" o "educado". Así que el título bien podría ser "La importancia de ser serio".
En esta comedia, dos jóvenes fiesteros y descarriados se proponen aparentar seriedad y buenos modales para conquistar a su amor. Cada vez que uno de ellos se haga llamar "Ernesto", se convertirá automáticamente en una persona respetable y con la frente bien alta.

Os espero esta tarde a las 20.00 en el Clansman de Íñigo Arista, como siempre.


Beatriz S. Tajadura

sábado, 9 de marzo de 2013

Presentación en el blog "Libros que hay que leer"

Da gusto levantarse un sábado por la mañana, más si el despertar es siempre como el de hoy.
Aparto mi edredón, pongo en marcha el ordenador, entro en mi blog favorito de literatura y... ¡sorpresa! ¡Han escrito una entrada sobre mí!

Se trata del blog Libros que hay que leer, uno de los más punteros en el mundo de las letras internacionales. 
Aquí está el enlace al post que me presenta, a mí y a mi novela filosófica Cuarto de sol en el cielo. El libro ya es lectura obligatoria en colegios de Castilla y León para la Prueba de Acceso a la Universidad.
Muchas gracias por esta sorpresa.
¡Ya tengo sonrisa para todo el día!

Beatriz S. Tajadura 

jueves, 7 de marzo de 2013

¿Por qué los periodistas estamos tan mal vistos?

(No es otro artículo que desprecia a Mercedes Milá)



















Ayer salía de la Facultad de Comunicación y escuché una conversación que me dejó temblando.

            -Chá, pues fue la Milá y coge y manda a Danny al confesionario y llega y se encuentra a Eva.
            -¿La novia?
            -Sí, maja. Ya le dijo, que peque, que me has hecho mucho daño, que deja de darte el edredoning con la otra. Y que sin ti no me queda nada, y que no me quieres tanto como yo te quiero a ti… Y el tío diciendo que no ha hecho nada, que solo es amigo de las chicas.
            -Qué fuerte.

            Sí. Es Gran Hermano 14. Me fui a casa con un torbellino en la cabeza; horas antes había estado preguntándome por qué los periodistas no tenemos buena reputación. “¿Qué estudias, bonita?”. “Periodismo”. “Ah, vaya… Qué… moderno”. Y encima ahora, que con Internet se publica un texto tan fácil o se difunde un video, y parece que todos pueden ser periodistas. Y quizá sea así. Un arquitecto construye edificios, un médico cura a las personas… pero comunicar sabe todo el mundo. Para escribir un reportaje no hace falta estudiar una carrera. A los doce años yo misma tenía un pequeño periódico que distribuía por la ciudad. Prometo que escribía unas crónicas que me siguen maravillando (el talento despreocupado del niño, no me lo explico). El periódico en cuestión se vendía como churros, a niños, a profesores y a las abuelas que venían a la salida del colegio. Por el precio simbólico de diez pesetas: mejor que llegase a la gente, aunque solo pudiese comprarme la mitad de chicles. Mi pequeño periódico se hizo famoso y mi audiencia creció. Y ahí estaba yo en la mesa de mi cuarto, repiqueteando con el lapicero, con una goma de borrar Milan, y pensando en mi próximo reportaje. Entonces no me importaba la reputación; nadie más hacía lo que yo, y creo que por eso los niños me respetaban. Hoy las cosas son muy diferentes. Casi todos mis amigos tienen blog y yo me pregunto qué hago estudiando una carrera tan… moderna. Así es como conocí a Mercedes Milá.

La presentadora de GH entra en plató con esa sonrisa perversa, la mirada de gato y las manos enlazadas. Mejor que estén así, si las separa igual lanza un hechizo mortífero. ¿Su reputación? Se conoce de sobra. Es el ejemplo de “la clase de periodista que no debes ser”. ¿Y? La Milá arquea una ceja y espeta: “No me importa que me despellejen. A mí me gusta arañarme. Sino, no me entero de que voy por la selva”. Cuando le señalan con un índice acusador y le reprochan que promueva realitys como el de Telecinco, la periodista no se anda con tapujos: “Si es que yo soy muy de mercadillo”, se justifica. Y ahí la tenemos, encerrando a Danny en el confesionario para que su novia Ana le arañe la cara. Y yo me pregunto por la reputación del periodista.
Es una mujer deliberadamente polémica. Los mejores personajes siempre esconden una gran inteligencia. No me equivoco. Tras esa lengua bífida se esconde una mujer que cursó simultáneamente dos carreras: Periodismo y Filosofía (no puedo evitarlo, me siento identificada), y que hoy confiesa que cuando abandone Gran Hermano quiere dedicarse a una pequeña librería que regenta en Barcelona. “Los libros son mi gran pasión”, reconoce. Las letras siempre se llevan dentro. Y de nuevo periodismo y literatura vuelven a cruzarse, irremediablemente; el uno es hijo de la otra. Decir que soy periodista es la versión útil y políticamente correcta de confesar que soy escritora. El drama aparece cuando ser periodista es incluso menos políticamente correcto que ser escritora. Llegados a este punto, más valdría haber alquilado un ático en París, una camisa manchada y una máquina de escribir, y ni carrera ni reportajes; solo novelas.

Si comunicar sabe todo el mundo, el periodista no puede ser un simple comunicador. La primera metedura de pata consiste en centrarse en “comunicar”, olvidando que eso es una pura entelequia. No hay un “comunicar”, abstracto y platónico. Comunicar, siempre se comunica algo. Y más valdría conocer ese algo antes que memorizar una retahíla de reglas difusas y genéricas acerca de “cómo informar”. Para comunicar hay que tener algo que decir. Primera regla del escritor. Regla ignorada por el periodista.

Las opiniones sensatas no dependen necesariamente de los títulos, de la popularidad o de la relevancia social. Lo comentaba la periodista y escritora Rosa Montero en El País Semanal. La frase me chirrió. No necesariamente… pero, seamos sinceros, sí de normal. Aquel que ha leído, pensado y debatido, tiene una opinión más contundente y sólida que los demás. Ahora la pregunta es: ¿nuestros periodistas tienen una opinión rigurosa, fundamentada, o son papagayos incapaces de cerrar la boca?
Muchas veces, esa mala reputación del periodista se debe a que su conocimiento es puramente técnico. Se le repite que no sea un mero transmisor de información, un correveidile, que para eso ya están los ordenadores. En vez de eso, el periodista debería otorgar sentido a esos datos fríos y silenciosos. Ha de conseguir que los datos cobren vida, y que una noticia aislada y en apariencia poco importante encaje limpiamente en el puzle. Resumiendo: el periodista ha de interpretar la actualidad para que el ciudadano la comprenda.

Examen sorpresa:
1.      ¿Cómo se llama el Ministro de Industria?
2.      ¿En qué consiste el abismo fiscal?
3.      ¿Qué es Goldman Sachs?
4.      ¿Qué sucede en Palestina?
5.      ¿Quién es Beppe Grillo?

Me conformo con una respuesta correcta a una sola de las preguntas. Las más sencillas de responder son aquellas que se resuelven en una palabra. El Ministro de Industria es José Manuel Soria. Goldman Sachs es uno de los grupos de banca de inversión más grandes del mundo, y se le acusa de la bancarrota de 2008. Beppe Grillo es el cómico, líder del partido italiano “Movimiento Cinco Estrellas” que participó en las últimas elecciones. Solo respondo a estas tres. Las otras dos son preguntas diferentes. Para hablar de Palestina y del abismo fiscal no basta con un dato. La respuesta requiere muchas más líneas. Es decir: comprensión, contexto y sentido. Un ciudadano informado (y eso ya es pedir mucho) resolvería las preguntas-dato, pero jamás las preguntas-contexto. Y reafirmo mi opinión: nuestros periodistas no saben interpretar, son incapaces de otorgar sentido. La mayoría ni siquiera sabría contestar a las preguntas-contexto, pues el frenesí de la actualidad les impide pararse a pensar y analizar los hechos con perspectiva.  

Aquí retomo a Mercedes Milá, una mujer que ha estudiado Filosofía y que hoy presenta Gran Hermano. Quiero pensar que lo hace con conocimiento de causa. Antes que comunicar, se trata de comprender el mundo en que vivimos, y eso es algo que se logra mediante observación, la lectura y la reflexión. La Filosofía es una disciplina excepcional para este objetivo; también lo es la Historia, pues ambas abren la boca del túnel y ofrecen una vista panorámica. Ningún periodista será bueno si no tiene una buena dosis de pensamiento a las espaldas; es lo que mi periódico de infancia jamás hubiera podido ofrecer. Recuperar esa reputación perdida pasa por retomar el conocimiento. Para hechizar a su público, a Mercedes Milá no le harían falta las exhibiciones de Gran Hermano. Esas manos como garras deberían abrir los ojos y las mentes de sus espectadores, en vez de las bocas en un: “Chá, peque, pues fue la Milá...”.


Beatriz S. Tajadura